Historia
de la cetrería

DE LOS ORÍGENES A LOS PUEBLOS GERMÁNICOS

LOS ORÍGENES

Desde el siglo XIX se ha venido afirmando que la cetrería debió de originarse en las planicies del Asia central, al norte y sur del Cáucaso y desde ahí se difundió al resto del mundo, tanto oriental como occidental.

Según Jean Capart los egipcios utilizaron para cazar aves de presa entrenadas y para ello se basaba en una pintura conservada en el Museo Británico (fig. 1), por lo que George Sarton (1931: I, 58) afirmó, basándose en otra representación de Horus sobre una gacela (fig. 2), que los egipcios la conocían desde el siglo XVI a. C., a lo que se oponía Hans J. Epstein (1943: 498) al decir que «el halcón posado sobre el lomo de la gacela no se puede tomar como un halcón cazador sino como una decoración o un símbolo religioso, ya que se encuentra majestuosamente de pie y obviamente no está atacando a la gacela», aunque no se pronunció sobre la pintura aducida por Capart. En realidad lo que esa pintura representa es una manera de caza usual en el Nilo en la que, aparentemente, se utilizaban aves de rapiña para levantar las piezas que se querían cazar; se trataría de un sistema semejante al que describe Aristóteles (véase más abajo), aunque también se podría interpretar de otra manera, y lo que hace el halcón es aprovecharse del hecho de que alguien ha levantado la caza y él puede hacerse con alguna presa. Lo que sí es cierto, es que los egipcios no practicaron la cetrería, no hay pruebas fehacientes ni fidedignas de ello.

Por eso, los más antiguos datos sobre la cetrería se hacen remontar a un bajorrelieve asirio del siglo VIII a. C. que Henry Layard (1853: 483) había visto en las ruinas de Horsabad en una expedición de 1850 («en un bajorrelieve que vi en mi última visita a las ruinas de Horsabad parece que hay representado un cetrero que lleva un halcón en su puño»). Al principio se desechó un tanto la idea ya que nadie más sabía de ese bajorrelieve del período neoasirio; sin embargo, se puede identificar con el conservado en el Museo del Louvre (fig. 3) y que Edmond Pottier (1917) describe de la siguiente manera:

Un cazador imberbe, girado hacia la derecha, vestido con una túnica, dispara una flecha; dos pájaros caen; uno de ellos atravesado por una flecha. Un hombre con barbas, de menor tamaño (un sirviente), ataviado con una túnica corta, y las piernas enfundadas con unas calzas, precede al cazador y tiene en la mano derecha un halcón y en la izquierda un venablo. Tres grandes coníferas.

Esta escena se completa con otra conservada en el British Museum con lo que ambas forman parte de un mismo friso referente a la caza de aves con arcos y flechas. Uno de los problemas con el bajorrelieve del Louvre es que no se puede decidir si el pájaro está posado sobre el puño del cazador o éste lo tiene sujeto por las patas, que parece ser lo más probable, además, en la mano izquierda lleva lo que se ha interpretado como lanza, pero que bien pudiera ser la flecha que acaba de quitar a un pájaro recién abatido y que aún vivo trata de huir. Epstein (1943: 498) a la vista de este bajorrelieve llega a afirmar «me parece que se ven unas pihuelas entre el dedo pulgar e índice que están atadas a los zancos del halcón», y para de Chamerlat (1987: 75) hay «otro pájaro se lanza sobre su presa entre los árboles» y más recientemente Ceballos Aranda (2002: 66) afirma que en esa escena hay «una rapaz persiguiendo en picado su presa»; la realidad es que esa ave que esa ave que parece que se ha lanzado en picado contra otra está atravesada por una flecha. La conclusión a que llega Reiter (1988: 201) es que «el relieve de Horsabad tantas veces citado en relación con este asunto, no puede ser, a mi modo de ver, una representación de cetrería. Así, se elimina el principal argumento para el debate sobre la cetrería en el antiguo oriente».

Las otras dos pruebas gráficas que se suelen aducir son dos relieves hititas tardíos, también del siglo VIII a. C. En uno, procedente de Sakçegözü, se ven dos personajes en procesión, y el que está en segundo lugar se ha tratado de interpretar como un halconero real (fig. 4). El otro relieve, procedente de Maras, presenta a una mujer sentada con un niño sobre su regazo el cual tiene asido con la mano izquierda una especie de lonja que se encuentra atada a las patas de un halcón posado en una alcándara. Para Reiter (1988: 204) «las representaciones de halcones en estas esculturas no se refieren en absoluto a la caza, sino que denotan otras funciones y significados simbólicos de las personas representadas […] Así, tampoco, interpretaría como «halconero real» al dignatario del bajorrelieve mencionado en primer lugar».

Lo más curioso es que un cetrero español del siglo XV, Juan de Sahagún, en su Libro de las aves que cazan, hablara del origen mesopotámico de la cetrería «por ende, un rey Niño que fue rey de Siria e señor de Nínibe, por fazer exerçiçio e guardarse de pecar fue el primero que caçó con aves» (Sahagún 1450: 16), y para confirmarlo dice que vio «un pequeño libro fecho de su mano que los primeros que usaron desta arte reyes fueron ellos, e lo mostraron a sus donzeles e a sus criados».

Los restos greco-latinos son muy discutidos y discutibles. Del año 340 a. C. se aduce un fresco etrusco en el que se ve a una persona que tiene un pájaro sobre su mano y que está atado por una especie de fiador, pero la forma de la cola del pájaro es escotada, parecida a la de los fringílidos.

Fringilido

La fuentes escritas no son mucho más claras ni evidentes. Ctesias de Cnide (s. V a. C.), médico de Artejerjes Memnón y Ciro el Joven, habla en La India de un peculiar sistema para cazar liebres y zorros con águilas, milanos, cuervos y cornejas, pero se trata de una referencia indirecta ya que esta obra se ha conservado en un extracto realizado por Focio (I, 137) en el s. IX d. C..

Aristóteles (384-322 a. C.) en su Historia de los animales expone un peculiar sistema de caza en el que los cazadores hacen uso de aves de rapiña y comparten con ellas las piezas capturadas:

En el distrito tracio llamado en su día Cedrípolis los hombres cazan en la marisma a los pajarillos juntamente con ayuda de los halcones. En efecto, ellos sacuden con palos las cañas y los arbustos, para que los pajarillos se echen a volar, mientras los halcones, apareciendo por encima de ellos, los persiguen desde arriba obligándolos a bajar. Los pajarillos, aterrorizados, vuelven a volar hacia abajo, en dirección al suelo. Entonces los hombres los cogen golpeándolos con los palos, y dan a los halcones una parte de las piezas cobradas. En efecto, tiran al aire algunos pájaros y los halcones los atrapan (Aristóteles, 517).

Es una tradición literaria que se prolongará a través de Plinio (23-79 d. C.) y su Historia natural (X.10: 306) y llegará hasta el siglo II d. C. en Sobre la naturaleza de los animales de Eliano (II.42: 103).

Otros autores clásicos han legado oscuras referecencias en las que se hace uso de aves de presa –accipiter– para cazar. Así, en Marcial hay un epigrama que dice: «Gavilán / Fue un ladrón entre las aves. Sirviente ahora del pajarero, engaña lo mismo a las aves, que no caza para sí» (Marcial, 560). Y en el De la caza de Opiano se puede leer que «el trabajo del que captura pájaros es apacible, pues para su caza no lleva espada, ni hoz, ni lanzas de bronce, sólo le acompaña el halcón, y la amarilla liga pegajosa, y las cañas que pisan un aéreo sendero» (Opiano, 54).

Oppiano

Ninguno de los casos aducidos se puede interpretar como evidencia de la práctica real de la cetrería tal y como se conoce desde la Edad Media hasta nuestros días; se trata, en todos los casos, de artimañas de pajareros que usan aves de presa, o en algunos casos lo que ocurre es que las aves de presa se aprovechan de que los cazadores han levantado un gran número de piezas y esos pueden sacar partido del hecho, como se ve en un mosaico romano de Cartago.

Cartago

Según Reiter (1988: 205), es una de «las representaciones más antiguas que se refieren de forma evidente a la cetrería», sin embargo, la interpratación más plausible y acertada, es que la rapaz se está aprovechado de que los perros hayan levantado un gran número de liebres y cuya huida está impedida por la red tendida por los cazadores; acción que también se ilustra en el códice veneciano de Opiano.

Oppiano - 2

La conclusión a la que se puede llegar es de que la cetrería es algo ajeno al mundo antiguo y clásico, aunque sería tardíamente «aceptada con entusiasmo por la aristocracia romana» (Anderson 1985: xii).

LOS PUEBLOS GERMÁNICOS

Así, no será hasta el siglo V de nuestra era cuando el legado greco-latino nos muestre su más refinada y admirable prueba. Los magníficos mosaicos en la villa de Argos, en el Peloponeso, en los que a lo largo de siete viñetas se narra una jornada de caza de liebres con galgos y cetrería. De ellas son de interés para la cetrería los paneles 1, 2, 3 y 7; debió de formar parte de la secuencia cetrera el seis, pero no queda ningún resto de él. En el primero sólo se ven las piernas del cazador y un pájaro de presa que mira hacia el cazador y de cuyas patas sale una especie de cordel que se debe interpretar como una pihuela (fig. 10). En el segundo, el motivo cetrero es evidente: un cazador tiene la mano izquierda enfundada en una amplia manopla sobre la que está posado el mismo pájaro de la escena anterior y le cuelgan las pihuelas, además el cazador lleva sujeto un perro por una larga traílla (fig. 11). En el tercer panel, el pájaro de presa está sobre un pato, por encima de ellos vuelan otros dos, y en la parte izquierda de la escena se encuentra el cetrero con la mano izquierda enguantada y una vara en la derecha para ayudarse a sacar el pato del pájaro (fig. 12). El panel séptimo es el regreso a casa tras la jornada, tanto del cetrero como del galguero, y en él el halcón se encuentra posado en la mano enguantada del halconero (fig. 13).

Las otras noticias sobre la cetrería en el mundo clásico tardío son escritas y se localizan en el otro extremo del dominio romano, en la Galia, en la ya dominada por los visigodos. Paulino de Pella en su Eucharisticos (c. 459) al contar sus recuerdos juveniles rememora que entre sus deseos juveniles además de poseer un caballo bien enjaezado, un perro veloz, estaba el de tener un hermoso azor (accipiter). En la misma época hay dos cartas de Sidonio Apolinar (431-487 d. C.), obispo de Plaisance, que mencionan la cetrería. En la primera, dirigida a su cuñado Ecdicio, le recuerda que en Clermont fue el lugar en el que comenzó a «divertirse con la pelota, los dados, los azores (accipiter), los perros, los caballos y los arcos» (III, 3, 2: 85). En la segunda habla de un tal Vectio que era el mejor «entrenando, juzgando y poseyendo caballos, perros, azores (accipitribus)» (IV, 9, 2: 131). Esto ha hecho pensar a Åkerström-Hougen (1981: 263 y 266) que los introductores de la cetrería en Europa debieron de ser los visigodos, pues ya habían recorrido la península balcánica bajo Alarico y se habían asentado en el sur de Francia, por lo que no es de extrañar que las pruebas más fehacientes y seguras se hayan localizado en los territorios por los pasaron estas tribus godas. Ésta no fue la única vía de penetración en Europa, todo parece indicar que los pueblos germánicos septentrionales, es decir, los que llegaron a la Europa occidental siguiendo las rutas al norte de los ríos Danubio y Rhin, también la trajeron con ellos, pues en la Lex salica, el más antiguo código de leyes consuetudinarias, es en donde se encuentra la más vieja legislación sobre cetrería. Entre sus preceptos se encuentra los siguientes:

1. Si alguien roba un azor (acceptrem) de un árbol, y se demuestra, además de devolver el ave y el pago de la costa del informante, podrá ser castigado con una multa de hasta 120 denarios, que son 3 sueldos. 2. Si alguien roba un azor (acceptrem) de una alcándara (pertega), será castigado con una multa de hasta 600 denarios, que son 15 sueldos. 3. Si alguien roba un azor (acceptrem) de una muda (clavem), y se demuestra, podrá ser casti-gado con multa de hasta 1800 denarios, que son 45 sueldos, además de la devolución de la ave y del pago de la costa del informador. Ad. 1. Si alguien roba un gavilán (spervarium), será responsable hasta 120 denarios, que son 3 sueldos, además de la devolución del ave y del pago de la costa del informador.

Poco después, en las leyes burgundias, otorgadas por el rey Gundobad en los años 500-05, se encuentra este interesante precepto:

Si alguien ha tratado de robar el azor (acceptorem) de otro, ordenamos que la misma ave coma seis onzas de carne sobre el pecho del ladrón; y si él [el ladrón] no lo desea, estará obligado a pagar seis sueldos a aquel a quien pertenezca el azor (acceptor), y una multa de dos sueldos.

Las leyes ripuarias (c. 530-570) también legislaron algunos aspectos referentes a la cetrería:

Por un azor (aucceptorem) no afeitado páguense tres sueldos; por un gruero (cummorsum gruarium) páguense seis sueldos; y por un azor mudado (aucceptorem mutatum) páguense doce sueldos.

Como se puede ver, todos estos preceptos castigan el robo de las aves de caza, y su valor dependía de si no estaban entrenadas aún o si lo estaban para un tipo u otro de presa. A partir de las leyes bárbaras se penalizará el que se dé muerte a una ave de caza:

1. Si alguien mata un azor (accipitrem), el cual se llama gruero (chranohari), deberá pagar una multa de seis sueldos y un pájaro de igual calidad, deberá jurar ante un testigo, para que el robo y la toma sean tratadas del mismo modo. 2. Por aquel ave, a la que llamaremos gansera (ganshapich), y que captura gansos, deberá pagar una multa de tres sueldos y dar un azor de la misma calidad. 3. Pero por la variedad que llamamos anadera (anethhapech), deberá pagar una multa de un sueldo y un azor de la misma calidad. 4. Por un gavilán (sparveriis) sométase a idéntica pena de un sueldo y la restitución de una ave igual, y con el juramento de que son idénticos a los que mató. 5. Pero si fueron robados, deberá pagar tal y como la ley estipula en los casos de robo.

El análisis de estas últimas leyes confirman que la cetrería es una actividad que ha evolucionado enórmemente en la que se llega a proteger la propiedad forestal para disponer de pollos en caso necesario.

Lo mismo que las aves, se decidirá por juicio que nadie intente tomar aves del bosque de otro, aunque sea el primero en verlas, a menos que sea su vecino (conmarcanus), al que llamaremos vecino (calasneo). Y si alguien actuase en contra de esto, ordenamos que jure su restitución, sin importar lo pequeña que sea la reclamación, deberá jurarlo ante seis testigos, incluso se habla de perros especialmente entrenados para socorrer a las aves de caza: «por ese perro, al que llamaremos perro azorero (hapuh-hunt) se someterá a una pena igual». En las leyes frisias (siglo VIII) incluso se estipulan las diversas multas en el caso del robo de un perro. En las leyes langobardias otorgadas por el rey Rothar el año 643 se habla ya de los bosques reales y la multa a que se verá sujeto aquel que tome una ave (acceptor) de dicho bosque:

Si alguien roba un azor (acceptore), una grulla o un cisne, pagará una multa de seis sueldos. Si alguien toma un azor (accepturis) del bosque de otro salvo del bosque real (gehagium regis), puede quedárselo. Pero si el dueño del bosque aparece, debe entregársele el azor (acceptoris) y no pedirá otra satisfacción. Y ordenamos lo siguiente: si alguien tomare un azor (accepturis) del bosque real, deberá pagar una multa de doce sueldos. Si alguien tomare un azor (acceptures) niego de un árbol marcado (arbore signato), deberá pagar una multa de seis sueldos.

Pero no solo los poderes terrenales se vieron en la necesidad de legislar sobre la cetrería; la Iglesia también se tuvo que preocupar del tema, así en el Concilio de Agde (506), en el sur de la Galia, en el canon 55 se prohibía la tenencia de perros y azores (accepitres) a los obispos, presbíteros y diáconos y si lo infringían se les suspendía de la comunión entre uno y tres meses (Szabó 1997: 177n43), pero poco debieron de observar los prelados esta interdicción ya que en los concilios, sínodos, capítulos y edictos posteriores como los de Épaone (517), Macôn (585), Latona (673-75) o el Concilium Germanicum (742) se repite la misma prohibición y penas, llegando incluso a decirse que era «monstruoso y nota deshonrosa habitar donde hubiera perros y azores (accipitres)» (Szabó 1997: 178n45), pero no solo los hombres de iglesia se dieron a la caza, también las religiosas, por lo que en el año 798 se prohibe también a las abadesas la tenencia de perros, azores y halcones (Szabó 1997: 180n57). Todo esto muestra que la cetrería era una modalidad de caza plenamente asentada en los reinos cristianos de Europa.

Al mundo árabe no llegó mucho antes la cetrería. Según parece la conocieron las tribus árabes de Iraq y Siria unos dos o tres siglos antes de la Héjira (622), es decir, hacia el siglo IV o V, a través de dos vías: desde el noreste atravesando el Irán sasánida y por el noroeste por medio de Bizancio y que se remontaría a los pueblos de las estepas mongolas y altaicas. Después se difundiría por el norte de África y llegaría hasta la península Ibérica, donde las dos corrientes cetreras: la germánica y la árabe se fundirían y la cetrería hispánica tomaría lo mejor de cada una de ellas. Entre los árabes surgieron los primeros tratados de cetrería, que se remontan al siglo VIII (Möller 1965), pero lo más curioso es que en la mayoría de estas obras presentan una fortísima influencia persa hasta el extremo de que en gram medida la terminología cetrera árabe es de ese origen y se debe a que «la mayoría de los pájaros de cetrería proceden de la avifauna de Persia, más que de la de los países puramente árabes» (Viré 1980: 189).

Creación / última revisión: 04.03.2013